Según los datos de ONU Mujeres en el mundo hay 771 millones de personas analfabetas. La mayoría son mujeres. 

09-10-2022

Malala sufri un intento de asesinato el 9 de octubre de 2012
Malala sufrió un intento de asesinato el 9 de octubre de 2012.

El intento de asesinato de la activista paquistaní Malala Yousafzai amplificó la lucha por el derecho al acceso a la educación de las mujeres, pero a 10 años del atentado, pese a una mejoría en la tasa de alfabetización femenina a nivel mundial, aún sigue habiendo «retos», según indicaron expertas de ONU Mujeres.

«La alfabetización en el mundo ha mejorado en comparación con la de hace una década, pero a pesar de los avances, los retos persisten. Nada menos que 771 millones de personas son analfabetas en todo el mundo, la mayoría mujeres, que aún carecen de conocimientos básicos de lectura y escritura», explicó a Télam Ginette Azcona, especialista en investigación y datos de ONU Mujeres.

La experta, principal autora del informe «Avances en los objetivos de desarrollo sostenible: panorama de género 2022», especificó que las tasas de alfabetización más bajas se observan en las regiones del África subsahariana y del sur de Asia, esta última integrada -según ONU- por Afganistán, Bangladesh, Bután, India, Maldivas, Nepal, Pakistán y Sri Lanka.

«Más de la mitad de las casi 130 millones de niñas que no están matriculadas en la educación formal residen en países en situación de conflicto o post-conflicto, indicativo de problemas de larga data vinculados al acceso a la escolarización, la mala calidad de la educación y las altas tasas de deserción. Los resultados de la educación se ven afectados por otros factores sociales, económicos y políticos», agregó Azcona.

Del total de niñas que no asisten a una institución educativa, 32 millones deberían estar en la escuela primaria, 30 millones en la escuela secundaria inferior y 67 millones en la escuela secundaria superior.

Uno de los casos más alarmantes es Afganistán: en agosto de 2021, los talibanes tomaron el poder con promesas de mayor tolerancia respecto a la brutalidad y discriminación hacia las mujeres que caracterizaron su Gobierno anterior (1996-2001), pero siete meses después los dirigentes islamistas prohibieron el ingreso de las adolescentes a las instituciones.

El 9 de octubre de 2012, este movimiento islamista fue el responsable del intento de asesinato de Malala, que sobrevivió milagrosamente a un disparo en su frente cuando volvía a su casa del colegio en un colectivo por el valle del Swat, en Pakistán.

A sus 15 años, la joven capitalizó la repercusión internacional del atentado y se convirtió en la vocera de la lucha por el acceso de las niñas a la educación.

«Pensaron que las balas nos silenciarían, pero fallaron. Pensaron que cambiarían mis metas y detendrían mis ambiciones, pero nada cambió en mi vida excepto la muerte de la debilidad, el miedo y la desesperanza, y el nacimiento de la fuerza, el poder y el coraje», enfatizó durante un discurso en Naciones Unidas en 2013.

Un año más tarde, la activista, cuya fundación contribuye al acceso de niñas a la educación en ocho países, se consagró la persona más joven en recibir el premio Nobel de la Paz.

Actualmente, Pakistán tiene «mucha mejor educación que otros países (en Medio Oriente). Irán tiene sus problemas y restricciones para las mujeres, pero, al igual que en Pakistán, las mujeres reciben educación», resumió a Télam Mariya Ghafoory, responsable del área de mujeres en la Organización para Fortalecer el Bienestar de Mujeres y Niños de Afganistán (Awcswo), que denunció que en ese país «la educación se detuvo y todos están en silencio con miedo de los talibanes».

No obstante, Pakistán tiene la segunda tasa más baja de alfabetización en el sur de Asia, detrás de Afganistán, y casi ninguna joven rural completó el segundo ciclo de secundaria.

De acuerdo con el informe Una nueva generación: 25 años de esfuerzo para la igualdad de género en educación 2020, de Unesco, «las disparidades de género son especialmente persistentes cuando se acumulan las desventajas cruzadas», una tendencia que se replica en 20 países, entre ellos, la mayoría del África subsahariana, Belice, Haití y Papúa Nueva Guinea.

El reporte agrega que «entre los 56 países de los que se dispone de datos para 2000-2018, las tasas de finalización de primaria aumentaron con mayor rapidez para las niñas que para los niños», sin embargo «a nivel mundial, tres cuartas partes de quienes están en edad de asistir a la escuela primaria pero que nunca fueron son niñas».

Recientemente, la emergencia educativa se agudizó con la pandemia del coronavirus: entre las secuelas, se estima que «casi 24 millones de alumnos podrían no volver nunca a la educación formal, de los cuales 11 millones son niñas y mujeres jóvenes», detalló Azcona.

La pandemia expuso a las niñas a violencia de género, problemas de salud mental, inseguridad alimentaria y económica; hasta octubre de 2021 más de 5 millones de niños habían perdido a uno de sus padres o tutores, lo que implica una mayor desprotección de adolescentes a la violencia sexual, explotación, infección de VIH y menor educación.

Según el informe de ONU Mujeres, en Kenia, Ruanda, Uganda y Tanzania el 56% de las adolescentes de poblaciones de difícil acceso que abandonaron la escuela al inicio de la pandemia estaban embarazadas.

«La educación de las niñas avanzó sustancialmente en esta región, pero, incluso sin tener en cuenta las consecuencias de Covid-19, las proyecciones muestran que se necesitarán al menos otros 54 años para alcanzar la finalización universal de la enseñanza primaria», aseguró la especialista.

Tanto Azcona como Ghafoory coincidieron en que la educación empodera y es una herramienta central para el desarrollo.

Para la especialista de ONU Mujeres, de manera directa o indirecta, la educación en niñas y jóvenes «aminora a gran escala la pobreza, mejora la salud materna, disminuye la mortalidad infantil, aumenta la prevención del VIH y reduce la violencia de género», además de que «cada año adicional de escolarización puede aumentar los ingresos de una niña en la edad adulta hasta en un 20%».

Ghafoory recurrió a la historia de Halimah Yacob, la musulmana que pasó de limpiar mesas en su infancia a ser la presidenta de Singapur en 2017, y lo aplicó a su región.

«Los talibanes dicen que sus reglas no permiten que las niñas reciban educación, que deben casarse y que su trabajo es quedar embarazadas y dar a luz, pero si una mujer obtiene educación, una generación obtiene educación y puede cambiar la nación. Ese es el principal temor de los talibanes, que las mujeres obtengan altos cargos», evaluó.

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